Experiencias de una mamá con diabetes

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¿CUÁNDO ES EL MOMENTO INDICADO?

Ya hace unos cuantos años desde aquel 10 de marzo de 2003 cuando recibimos la noticia del diagnóstico de Thay. Después shock inicial, momentos de incredulidad, confusión de preguntas como “¿Por qué ella?”, tomamos la decisión de que esta condición no sería un impedimento de ningún tipo para ella y su vida sería totalmente normal, si es que dentro de normal se pueden contar la infinidad de pinchazos, inyecciones y etcéteras que vienen con esto.

Lo cierto que desde pequeña ella sabe cómo medir sus glicemias, aplicarse su insulina, calcular carbohidratos y, en cierta manera hacer ajustes en su tratamiento, todo bajo siempre bajo mi ojo vigilante, que me debato entre dejar que ella poco a poco tome el control (ya tiene 17 años) o ser la policía de los números, cosa que para ella puede ser un verdadero fastidio. Incluso cuando cumplió 15 años y después de tanta insistencia de su parte, permitimos que se fuera de viaje con sus compañeras de viaje por 21 días encomendándola a Dios, la Virgen y los Ángeles y quedándonos en casa con el corazón pendiendo de un hilo esperando y confiando que no surgiera ningún inconveniente y felizmente así fue. Puedo decir con confianza que ella se sabe cuidar.

Poco a podo ella se ha ido haciendo cargo, pero mi pregunta es “¿Cuándo es el momento indicado de soltar las riendas?”

Esto viene a rondar mi mente a raíz de un incidente que nos ocurrió el 1 de enero de este año. Nos fuimos a celebrar la llegada del Año Nuevo a casa de mi hermana por elección y madrina de Thay. Ella se quitó la bomba de infusión y se puso su Lantus, como hace tantas veces cuando se pone un vestido y no quiere que se le vea el bulto de su bomba. Llegada la hora cenamos y seguimos compartiendo. Decidimos que como era tan tarde, nos quedaríamos a dormir para no salir a la calle en horas de la madrugada. A eso de las 10 a.m., Thay me dice que se siente mal y que tiene ganas de vomitar. De momento pensé que le había sentado mal algo que había comido, e incluso le pregunté que si había ingerido alcohol. A lo que ella me respondió “No, mami, no tomé, pero anoche después de cenar se me terminó la insulina”, (la que usualmente lleva en el pen cuando está sin la bomba). En ese momento comprendí que sus náuseas eran causadas por una cetoacidosis. Nos vinimos inmediatamente a la casa y al llegar le medí los cuerpos cetónicos. Horror “3.8”; el día de su diagnóstico tenía más de 4. Comencé el tratamiento de emergencia: una corrección de 15 unidades con jeringa, pues con la bomba es más lento. Hice los ajustes a su basal poniéndola al máximo y comencé a medirla cada hora para monitorear las cetonas. A la hora ya habían bajado a 2.8 (qué alivio, pero aún muy mal). Cuando ya se sentía un poco mejor y los vómitos habían cesado, comencé con mi sermón de que por qué no había dicho que se la había acabado la insulina. Y ella me dijo “Pero, mami, yo me inyecté para comer y como no comí más no me volví a inyectar”. Ahora sí es verdad que no entendía nada. ¿Cómo podía ser posible que en tan poco tiempo desarrollara una cetoacidosis tan severa? Le pregunté “¿Pero tú te aplicaste el Lantus?” “Claro, mami; las 26 unidades que me tocan cuando no uso la bomba”, y ahí comprendí: El Lantus estaba vencido. Ella se lo inyectó, pero fue como si no se hubiera inyectado nada; de ahí los valores tan altos en las cetonas.

A partir de ese momento comenzó mi rosario de culpas. “Cómo es posible que no me haya dado cuenta”, “Esto es mi culpa, por no estar pendiente”.

¿Qué fue lo que pasó en realidad? Pues que como ella siempre está pegada a su bomba, la insulina que mayor rotación tiene es el Humalog o Novorapid. El Lantus que se usa muy eventualmente cuando ella quiere tomar un descanso de la bomba o se va a poner un vestido y no quiere que se le note, tiene una rotación bastante esporádica. Supongo que ella había abierto ese pen de Lantus hace bastante tiempo y ni ella ni yo nos fijamos en qué fecha lo había comenzado a usar. Las veces que se lo había puesto le había funcionado de maravilla, pero esta vez ya estaba vencido y fue como ponerse nada. Afortunadamente, sé exactamente qué es lo que hay que hacer en esos casos y no hubo necesidad de llevarla de emergencia a la clínica un 1 de enero.

Desde entonces no pasa un día en que no me pregunte, ¿qué hubiera pasado si no hubiera estado conmigo? ¿Hubiera sabido pensar inmediatamente que era una cetoacidosis? De saber que era una cetoacidosis, ¿hubiera sabido qué medidas tomar al respecto, en especial sintiéndose lo mal que se sentía? Todo esto me aterra y me preocupa sobre manera

Sé perfectamente que la clave está en la educación, pero hasta el momento quien se ocupa de las emergencias soy yo. Ya está por graduarse de secundaria y está abierta la posibilidad de que se vaya a estudiar al extranjero. ¿Qué vamos a hacer si llega ese momento? ¿Sabrá ella cómo reaccionar ante una emergencia? ¿Quién y cuándo decide que ya es hora de soltar las riendas?

¿Hay algún padre o madre que ya haya pasado por esto que me diga cuál fue su experiencia?

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